La importancia de la toma de decisiones compartidas (TDC) en el final de la vida | Qida

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Tomar decisiones es una práctica que todos realizamos a diario. Decidimos sobre cuestiones sencillas, donde no nos jugamos mucho y que no tienen grandes consecuencias, y otras más complejas y con resultados irreversibles como es el caso de cómo queremos llegar al final y concluir nuestra vida.

La toma de decisiones compartidas en el final de la vida tiene su origen a principios de los años 80 cuando la National Commission for the Protection of Human Subjects of Biomedical and Behavioral Research la definió como «un proceso de mutuo respeto y colaboración para la toma de decisiones en materia sanitaria», que se centra en el consentimiento informado.

En esta línea y, de acuerdo con el informe Hacia un modelo de toma de decisiones compartida para el final de la vida que publica la revista Psicooncología de la Universidad Complutense

], cabe destacar que para que las decisiones del paciente sean autónomas se tienen que dar las siguientes condiciones:

  1. La decisión tiene que ser informada. El paciente debe conocer los riesgos, las opciones que existen, incluyendo la alternativa de no adoptar ningún tratamiento.
  2. Debe ser voluntaria, o lo que es lo mismo, será una decisión que el paciente tomará sin ningún tipo de coacción ni manipulación.
  3. La decisión la debe tomar una persona mentalmente competente (tanto desde el aspecto cognitivo como emocional)
  4. Ha de ser auténtica, es decir, no confrontar con los valores de la propia persona.

Desde Qida consideramos que en este momento vital es crucial que se respeten los deseos del paciente siempre y cuando se tenga plena capacidad cognitiva.

No obstante, el momento de la decisión no se centra solo en los instantes previos al fallecimiento, sino que el proceso comienza en el momento en que a una persona se le diagnostica una enfermedad incurable. Por este motivo, es siempre recomendable animar a la persona a que reflexione sobre cuáles son sus decisiones y «líneas rojas» en el momento en que se diagnostica un síndrome, trastorno o enfermedad que conllevará la pérdida de esas capacidades. Esto permitirá que los familiares puedan tomar como referencia las voluntades del enfermo cuando la situación lo requiera.

En definitiva, la clave residirá en un equilibrio entre comunicación y deliberación entre paciente y familia y los profesionales médicos, tarea no siempre fácil. «Compartir un proceso de toma de decisiones, correcta y conscientemente, es la mejor manera de reivindicar el derecho a la autonomía moral de la persona.

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